viernes, 20 de octubre de 2017

URIBE Y VARGAS LLERAS PIERDEN LA INICIATIVA

Entre la realidad virtual y la realidad de lo virtual[1]

URIBE Y VARGAS LLERAS PIERDEN LA INICIATIVA

Popayán, 20 de octubre de 2017

Un año llevan los promotores de la “paz” (Santos) y de la “guerra” (Uribe) queriendo sobrevivir políticamente al mutuo descalabro del Plebiscito (02.10.2016).

En esa fecha Santos se auto-derrotó con sus mentiras y a punta de mentiras ganó Uribe.

Cada uno con su falsa bandera tratando de convertir su “realidad virtual” (polarización) en una “realidad de lo virtual” (miedo al castro-chavismo).

Han contado con la ayuda de las FARC. Esa guerrilla era el motivo principal de ambas “realidades” y ha tenido que construir su propia realidad virtual para incursionar en política legal: ¡Creerse triunfadores!

No obstante, la polarización se agota. Otros problemas preocupan a la gente y desplazan el tema del fin de la guerra. Nuevos actores políticos entran en escena y la guerrilla comprueba con incumplimientos a granel y en carne propia, la realidad de la derrota.

La “amenaza castro-chavista”, construcción uribista que ha servido para engañar y aterrorizar a millones de colombianos, se va diluyendo. Pero, lo interesante del momento es que las derechas extremas no tienen otra carta política para jugar.

Hoy vivimos un verdadero “acontecimiento” en Colombia. Que Uribe y Vargas Lleras ataquen a Fajardo, Claudia y Robledo, acusándolos de ser agentes de las FARC, es señal de un quiebre histórico. ¡Están amarrados al pasado y no tienen más de donde agarrarse!

La derecha perdió la iniciativa, y la izquierda armada –que nunca fue una amenaza real para la oligarquía– quedó reducida a lo que siempre fue: un instrumento de distracción y un obstáculo para la lucha social. La pretensión de convertirla en una gran amenaza ya no funciona.

La lucha contra la corrupción político-administrativa irrumpió con fuerza sostenida y destruyó la falsa polarización entre Uribe y Santos. Es el gran acierto de los candidatos agrupados en la Coalición Colombia y resultado de la evolución inevitable de la vida.

Los corruptos –“pacifistas” y “guerreristas” – se van arrinconando en el mismo campo. Poco a poco van mostrando su verdadera catadura. Dicho fenómeno se presenta en Bogotá y paulatinamente en las regiones. Y, la jornada electoral lo hará totalmente visible.  

Una nueva polarización ha entrado en escena. Entre la decencia y la corrupción. Santos para quedar en la historia tendrá que cumplir precariamente los acuerdos con las FARC pero la verdadera implementación le va a corresponder al nuevo gobierno. ¡Y lo hará!

Ese gobierno de “nuevo tipo” tendrá que hacerlo sin criterios ni sentimientos de odio o venganza. No será nada fácil pero hay que doblar la página de la violencia.

La herencia de décadas de desgobierno, corrupción, destrucción del aparato productivo, narcotráfico, guerra instrumentalizada, desigualdad y pobreza, injusticia e inequidad, es el gran desafío hacia el futuro.

Ese es el reto. Un código de ética del nuevo gobierno debe elaborarse para lograr el apoyo de la sociedad e iniciar la transformación de Colombia. ¡Será apoyándose en la gente o no será!

E–mail: ferdorado@gmail.com / Twitter: @ferdorado



[1] La realidad virtual es una imitación artificial de la vida: una película, un juego digital, una fotografía. La “realidad de lo virtual” es la fuerza real de una construcción simbólica, parte integral de nuestras vidas, con efectos y consecuencias. 

viernes, 13 de octubre de 2017

ENTRE LOS POPULISMOS NACIONALISTAS Y LA GLOBALIZACIÓN NEOLIBERAL

¡Oportunidad! ¿La sabremos aprovechar? (II Parte)

ENTRE LOS POPULISMOS NACIONALISTAS Y LA GLOBALIZACIÓN NEOLIBERAL

Popayán, 13 de octubre de 2017

“La narración pre-determina nuestra percepción de la ‘realidad’”

Slavoj  Zizek

La particularidad colombiana consiste en que debido a circunstancias especiales, un sector muy importante de pequeños, medianos y grandes empresarios del campo y de la ciudad, encabezan un proyecto político sui generis, que se sale del esquema que se viene imponiendo en el mundo. Por ahora ese proyecto logra entusiasmar a amplios sectores de las clases medias y de los “nuevos trabajadores del conocimiento” o “profesionales precariados” (entre ellos, los cíber-trabajadores[1]), que aspiran a una democracia moderna, a derrotar la corrupción político-administrativa y consolidar el proceso de paz. No sabemos si ese proyecto podrá jalonar a otros sectores sociales pero sin duda ya son un actor importante hacia las elecciones de 2018. 

Ese proyecto político (Coalición Colombia) se sale de la dinámica global impuesta. No se alinea con ninguna de las tendencias político-ideológicas que en este instante se enfrentan en diversas regiones del mundo. En los años recientes, los “populismos de derecha o de izquierda” se han convertido en los principales contradictores de los partidos políticos que impulsan, defienden y explotan a su favor la globalización neoliberal. Los “populismos de derecha” usan reivindicaciones nacionalistas, racistas y xenófobas mientras que los “populismos de izquierda” se plantean anti-imperialistas y socialistas, pero ambos sólo enfrentan los efectos de la crisis del modelo neoliberal que ha afligido a amplios sectores de la población sin poder resolver el problema de fondo.

¿Cómo se ha llegado a esta situación? ¿Qué intereses representa ese proyecto político y qué continuidad puede tener hacia el futuro? ¿Cuáles son las condiciones particulares que han propiciado ese fenómeno? ¿Cómo puede servir a los intereses de la sociedad?

Una mirada global necesaria

Para entender el fenómeno en Colombia es necesario analizar lo ocurrido con el Brexit, Trump y lo que ocurre en Cataluña. Son regiones del mundo en donde la crisis económica de 2007-8, y la profunda recesión económica de la última década, han golpeado con fuerza a sectores importantes de la población, especialmente a los trabajadores de sectores industriales que fueron vapuleados por la globalización neoliberal, especialmente por la deslocalización de empresas. En esas regiones y otras, sectores de la burguesía y pequeña burguesía han levantado programas ultra-nacionalistas (salida de la UE, “primero USA”, independencia del Reino Español) que han logrado canalizar la inconformidad de amplios sectores sociales, enfrentándose a las expresiones políticas de quienes aprovechan la globalización neoliberal sin importarle las negativas consecuencias locales en el mundo desarrollado[2].

Las fuerzas democráticas y las izquierdas en esos países han quedado presas –casi paralizadas– frente a esa tenaza que se configura entre “populismos de derecha”, por un lado y por el otro, los “demócratas liberales” defensores del capitalismo globalista realmente existente. En algunos países como Francia, han surgido alternativas “no polarizantes”, como la que encabezó Macron, que logró pasar por el medio en el acontecimiento electoral pero que, finalmente, una vez posesionado en el gobierno, se colocó del lado de la “troika europea”[3]. Además, esa dinámica impuesta ha mermado el empuje de los incipientes proyectos alternativos como Podemos en España o Syriza en Grecia. Y en el Reino Unido y EE.UU., políticos como J. Corbyn y B. Sanders, a pesar de sus esfuerzos y buenas intenciones, no han logrado detener la tendencia polarizante que impone una realidad que atrapa y frustra a las fuerzas progresistas.

Y si se observa más al detalle, lo que ocurre en América Latina con el retroceso de los proyectos “progresistas” y “socialistas”, hace parte del mismo fenómeno pero a la inversa, como si fuera reflejada en un espejo. Tanto en Brasil, Argentina y otros países, las derechas globalizadoras y globalizantes se apoyan en las clases medias, empresarios medios y jóvenes profesionales que rechazan los nacionalismos estrechos, y utilizando las banderas de la anti-corrupción logran movilizar importantes sectores de la población contra los “procesos de cambio” que impulsaban las izquierdas. Es algo contradictorio y paradójico: acá en el sur, el populismo se pinta de izquierda mientras que en el norte se manifiesta como de derecha. Pero el fenómeno, en últimas, es el mismo.

Las particularidades en Colombia

En Colombia las consecuencias de la aplicación del modelo neoliberal desde 1990 han afectado a amplios sectores sociales y productivos. Ellos son: Los capitalistas “nacionales” y los trabajadores de la débil industria mortalmente herida por la destructiva apertura económica; los trabajadores estatales afectados por las privatizaciones y la desregulación laboral; los pequeños y medianos productores del campo de origen campesino (caficultores, lecheros, paneleros, paperos, etc.) golpeados por la importación de alimentos, la política monetaria, la volatilidad del mercado global y la falta de apoyo estatal; y los empresarios agrícolas impactados por los Tratados de Libre Comercio TLCs. Y, en general, toda la población colombiana ha sufrido las consecuencias de las políticas neoliberales pero la presencia de la economía del narcotráfico y del conflicto armado, han distorsionado los efectos y la percepción de los mismos por parte de los diversos sectores sociales.

Lo natural hubiera sido que las fuerzas de izquierda y alternativas canalizaran la inconformidad frente a dichas políticas como ha ocurrido en la mayoría de países latinoamericanos. Y, efectivamente, la resistencia popular y las movilizaciones sociales no se hicieron esperar. Sin embargo, importantes sectores de la producción agropecuaria (cafeteros, arroceros, ganaderos, bananeros, etc.) que fueron atropellados –de una u otra forma– por las guerrillas izquierdistas, no lograron entroncarse con las corrientes políticas progresistas sino que, poco a poco, fueron canalizados hacia una especie de “populismo de derechas”, encabezado por Álvaro Uribe Vélez, quien después de haber salido del gobierno (2010) ha sabido utilizar hábilmente las reivindicaciones de esos sectores productivos, por un lado, para oponerse al gobierno neoliberal de Santos, ayudarles a negociar subsidios con el Estado (con el concurso de algunos sectores de izquierda), pero, especialmente, dichos ejercicios le han servido para acumular fuerza política colocando como principal enemigo de la “patria” a lo que llama como “castro-chavismo”, o sea, todo lo que representan las FARC y gran parte de la izquierda.

Es indudable que algunos sectores de izquierda, especialmente los sectores vinculados a esos sectores sociales y productivos, han dado la lucha en ese terreno pero concepciones políticas heredadas del período anterior, ilusiones sobre el papel de la denominada “burguesía nacional”, y la confrontación ideológica “geopolítica” acumulada durante la “guerra fría”, impidieron que las izquierdas colombianas se re-crearan (y transformaran) como ocurrió en países vecinos. Los dogmatismos y sectarismos hicieron imposible que –en medio de la guerra– el debate ideológico y político se desarrollara y surgieran nuevas miradas e iniciativas para enfrentar las diversas coyunturas sociales y políticas que se han presentado a lo largo de los últimos 30 años, cuando el movimiento popular se expresó de múltiples formas (movimientos cívicos, movilizaciones populares de diversa naturaleza, participación electoral) y las circunstancias políticas así lo exigían.

Además, a partir de 2013, cuando se inician los diálogos hacia una paz negociada entre el gobierno de Santos y las guerrillas de las FARC y, especialmente, a partir de 2014 cuando amplios sectores de izquierda llaman a “votar por Santos contra Uribe”, el “populismo de derecha” (uribismo) queda en cabeza de la oposición al gobierno, mientras que las fuerzas de izquierda en su conjunto aparecen (así no lo quisieran) como aliadas del gobierno, no solo frente al proceso de paz sino que con la teoría de no debilitar al gobierno, los demócratas y la izquierda desarrollan una actitud complaciente con un gobierno agresivo, anti-popular, neoliberal y demagógico que nunca dudó en reprimir las luchas populares, y que siempre jugó a la doble, impulsando una supuesta “paz imperfecta” pero alimentando en su seno las fuerzas de la reacción conservadora. Así, obligó a la insurgencia a aceptar condiciones que han querido ser impuestas a la sociedad como las de no cuestionar el modelo económico y el carácter del Estado.

De esa forma los demócratas y las izquierdas le dejaron el terreno abierto al “uribismo”. El gobierno de Santos siempre permitió que en su interior pervivieran aliados de Uribe (militares encabezados por el ministro de defensa Juan Carlos Pinzón) o enemigos declarados del proceso de paz que pelechaban estratégicamente para aprovechar la nómina burocrática y los contratos de obras oficiales (vivienda e infraestructura) en cabeza del vice-presidente Germán Vargas Lleras y su partido Cambio Radical. Mientras tanto, los demócratas y las izquierdas sumisamente aceptaron todas las condiciones –“líneas rojas”– impuestas por un gobierno que utilizaba la consigna de la paz para vender ilusiones, supuestas reformas democráticas y reconciliaciones pacíficas, mientras desmovilizaban y desarmaban a las guerrillas pero preparaban y alimentaban las fuerzas reaccionarias para quitarle el escaso (casi nulo) filo transformador a los acuerdos firmados con las FARC. Una trampa y una celada armada desde el principio.

Cómo sería la inconsecuencia de los demócratas y el conformismo de las izquierdas (y de gran parte del movimiento social) que la presidenta y ex–candidata presidencial del principal partido de oposición, el Polo Democrático Alternativo, la ex–alcaldesa de Bogotá, Clara López Obregón, aceptó el cargo de ministra del Trabajo cuando más débil estaba el gobierno y, simbólicamente amarró a los demócratas y a las izquierdas a un gobierno profundamente anti-popular que con sus mentiras pacifistas fracasó de forma estrepitosa en las elecciones del Plebiscito de la Paz (02.10.2016). Hay que decir que nunca los demócratas y las izquierdas hicieron serios esfuerzos por deslindarse del gobierno de Santos, nunca se mostraron como fuerzas que apoyaban el proceso de paz pero que, a la vez, rechazaban abiertamente la demagogia de Santos y el triunfalismo de las FARC, que fueron las principales causas de ese tremendo fracaso y derrota política.

Claro, detrás del entramado político estaban jugando las cúpulas de los partidos políticos “alternativos” y de “izquierdas” cooptados por la dinámica institucional; los directores y funcionarios de ONGs sobornados con contratos para el “posconflicto”; y los dirigentes sociales burocratizados y captados por el Estado en las múltiples negociaciones de conflictos sociales que, en general, el gobierno incumple pero que sirven para acercar, enamorar y engañar con pequeñas migajas a líderes descompuestos y debilitados política e ideológicamente por las concepciones utilitaristas de las organizaciones de izquierda que les dan ejemplo desde los cargos de gobierno. Todo ello y mucho más, amarró a los demócratas y a las izquierdas a un gobierno débil y vacilante, que nunca pudo (o quiso) quitarse de encima la influencia del “uribismo”, y que cada vez que las izquierdas tímidamente protestaban, amagaba con “sacrificar” a Uribe pero sin que afectara para nada a las fuerzas infiltradas en su gobierno.    

El viraje post-plebiscito

Solo después del fracaso-derrota del SI en el plebiscito del 2 de octubre/2016, algunos sectores democráticos y de izquierda, logran entender las causas del triunfo del uribismo, y deciden deslindarse del gobierno de Santos. Para hacerlo entienden que la lucha contra la corrupción es una bandera política que los diferenciaba totalmente de los grupos políticos que apoyan al gobierno. Y en esa dinámica se van ligando a sectores sociales que en Colombia no pueden ser canalizados por los “populismos de derecha o de izquierda” y que tampoco pueden ser interpretados por la política de la burguesía transnacional representada por el gobierno de Juan Manuel Santos. Esos sectores sociales rechazan –por sobre todo– el papel de la burguesía burocrática, “sumun de la corrupción”, y desean construir una democracia y un Estado moderno, eficiente y medianamente regulador de la economía.

Son sectores sociales y productivos que por principio no rechazan la globalización y quieren aprovechar las ventajas que –comprobadamente–  les ofrecen los TLCs[4], pero quieren avanzar hacia una economía desarrollada y construir un aparato productivo que compita en el mundo capitalista. A la vez, se niegan a aceptar una economía totalmente estatizada y rechazan las políticas paternalistas y asistencialistas que están fracasando en los países vecinos. No obstante, son sectores que están dispuestos a que el Estado invierta en el desarrollo de nuevas tecnologías, en el fortalecimiento de un aparato productivo que genere empleo digno y formal y no degrade la naturaleza, y que ofrezca oportunidades a amplios sectores de la población para consolidar sus procesos productivos que han construido en las últimas 3 décadas.

Este nuevo camino es el que se le puede y debe proponer a las burguesías emergentes, surgidas de economías legales e ilegales, a los “nuevos trabajadores” (profesionales precariados y ciber-trabajadores), a los trabajadores del Estado e informales, a las clases medias pauperizadas o en camino de proletarización, y a toda la sociedad que requiere miradas y propuestas diferentes. En esa lógica, en primera instancia no nos enfrentamos con toda la dinámica del capital, tampoco rechazamos la intervención del Estado pero tenemos que limitar el alcance e impacto de los monopolios que nos imponen economías de enclave y otras prácticas que impiden nuestro propio desarrollo. Pero no tenemos que hacerlo de una forma agresiva ni utilizando retóricas “revolucionarias” y “anti-imperialistas”, mucho más ahora que en el mundo híper-desarrollado han aparecido dinámicas anti-globalización que desmitifican ese tipo de retórica.    

Es importante aclarar que los “populismos de derecha” al igual que los de “izquierda”, han utilizado por igual las políticas paternalistas y asistencialistas que han consistido en extrapolar los programas diseñados por el Banco Mundial BM para poblaciones vulnerables. Esos programas durante la primera década de neoliberalismo fueron bautizados como “transferencias monetarias condicionadas”, a los que los gobiernos “progresistas” denominaron subsidios, auxilios, bonos, incentivos, etc. Su esencia es la misma y la única diferencia es que su cobertura se amplió a nuevos sectores de la población y a otros servicios como educación, salud, vivienda, etc.     

¿Hacia un post-capitalismo?

Es evidente que en Colombia este proyecto político responde a una coyuntura política muy concreta y particular. Sin embargo, las fuerzas más avanzadas de la Coalición Colombia pueden y deben proponerse una apuesta de mayor alcance. La derrota simultánea de los corruptos, politiqueros y guerreristas, abre grandes posibilidades para formular un programa político de amplia cobertura y proyección. La búsqueda de autonomía económica ya se intentó antes del auge del neoliberalismo pero en el caso de Latinoamérica estuvo liderado por el mismo imperio estadounidense. Por entonces, después de la 2ª guerra mundial, se impulsaron los mercados regionales (Pacto Andino, entre otros) y la sustitución de importaciones pero dicho proceso era planificado y en beneficio de la metrópoli imperial. Sin embargo, hoy en Colombia existen todas las condiciones para intentarlo de nuevo pero en una situación diferente. Tenemos una amplia base de pequeños y medianos productores, especialmente agropecuarios, y unos empresarios medios y “nuevos trabajadores” (profesionales precariados, cíber-trabajadores), muchos de los cuales tienen experiencia internacional en emprendimiento y desarrollo empresarial. Podemos intentar nuevos experimentos basados en el apoyo del Estado, la asociación de pequeños y medianos productores, la conformación de grandes empresas mixtas con la participación de los mismos productores, capitalistas no monopolistas, y el Estado, para apropiarnos de toda la cadena productiva no solo en el mercado interno sino a nivel global (internacional).

Ya está demostrado que los colombianos (y latinoamericanos) no podremos avanzar basando nuestra economía en la exportación de materias primas. En siglos pasados siempre fuimos exportadores de oro, platino, cacao, tabaco o quina. Llevamos más de 130 años exportando café en grano, 100 años vendiendo petróleo crudo, 90 años entregando frutas y otros productos, y 35 años exportando cocaína y marihuana, mientras poderosas empresas transnacionales o grandes mafias, son los que intermedian y procesan el producto, y lo venden directamente al consumidor. Hoy podemos revertir ese proceso pero se requiere voluntad política. No tenemos que declararle la guerra a nadie ni lanzar manifiestos de independencia. Podemos hacerlo en la práctica, sin cambiar la Constitución Política, e incluso, sin revisar los TLCs. Sólo se trata de tener claridad y audacia política, visión asociativa y empresarial, confianza en la gente y sentido común. Es bueno recordar que por ejemplo, de cada 100 pesos que obtiene de ganancia la Nestlé o Starbucks en la venta de una taza de café en Londres, París o Nueva York, escasamente comparten con el productor colombiano entre 5 a 6 pesos. Y lo mismo ocurre con todos los demás productos de exportación. Claro, primero tenemos que sacar del gobierno a las elites clasistas y castas políticas corruptas, compradas y entregadas al gran capital monopolista internacional. Y en esa tarea es que estamos.

Y además, las fuerzas de los trabajadores y pequeños productores, insertados en ese proyecto político debemos retomar hacia adelante el modelo que los teóricos han dado en llamar “economías colaborativas”. Esas economías pueden ser desarrolladas en todos los ámbitos de la producción nacional, apoyándonos en las revoluciones tecnológicas, comunicacionales y de las energías que están en pleno desarrollo en el mundo. Dichas economías ya están competiendo con el capitalismo clásico (y senil). Ese sistema capitalista ha acumulado contradicciones insalvables que han preparado el entorno para el surgimiento de nuevas relaciones sociales y, por consiguiente, nuevas culturas superiores a las existente. Serán las nuevas generaciones las que tendrán que vislumbrar y construir esas relaciones post-capitalistas que recogerán lo mejor del capitalismo y re-crearán formas de organización de la sociedad (como el pro-común colaborativo y los gobiernos de los bienes comunes[5]) que desde tiempos antiguos ya había inventado el ser humano.

Es por todo lo anterior que la experiencia de la Coalición Colombia no solo rompe con el falso dilema de tener que escoger entre los populismos de derecha (o de izquierda) y la globalización neoliberal depredadora y deshumanizante, sino que en la medida en que sea alimentada y fortalecida por los sectores más avanzados de los trabajadores, puede abrir un boquete nuevo, una alternativa de nuevo tipo, frente a los retos de avanzar hacia una sociedad post-capitalista[6].  

E-mail: ferdorado@gmail.com / Twitter: @ferdorado







[1] Cíber-trabajador: persona que obtiene sus ingresos del trabajo en la red internet. Va desde un simple operador de un call-center (central de llamadas) hasta múltiples profesionales de todas las ramas de la producción, comunicadores y programadores de software.

[2] En este sentido es interesante revisar y estudiar el texto publicado en Rebelion.org “La lucha de clases en Cataluña” de Miguel Manzanera Salavert: http://rebelion.org/noticia.php?id=232660

[3] Troika europea: grupo de decisión formado por la Comisión Europea (CE), el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

[4] Es contradictorio que hasta hace pocos años las burguesías de los países desarrollados impulsaban TLCs y que ahora los estén revisando o quieran renegociarlos. Ver: “El TLCAN cuestionado por sus dueños, o ya no importa” Oscar Ugarteche-Armando Negrete: https://www.alainet.org/es/articulo/188607  

[5] Ver: Ostrom, Elinor. “El gobierno de los bienes comunes” y Rifkin, Jeremy. “La sociedad de coste marginal cero-El internet de las cosas, el pro-común colaborativo y el eclipse del capitalismo”.

[6] Ver: Mason, Paul. “El post-capitalismo”. 

martes, 10 de octubre de 2017

EL FISCAL GENERAL ECHA CARROÑA A LAS FIERAS PARA SALVAR A LAS FIERAS

El Fiscal General echa carroña a las fieras para salvar a las fieras

Popayán, 10 de octubre de 2017

El Fiscal General quiere apropiarse de la lucha contra la corrupción para neutralizar la acción de Claudia López, Jorge Robledo y de la Coalición Colombia. ¡Para eso lo nombraron!

En América Latina, especialmente en Brasil, las élites brasileñas y el gobierno de los EE.UU. lograron convertir al juez Sergio Moro en una especie de rival-omnipotente de todos los sectores políticos, y con ello, monopolizaron la acción contra la corrupción impidiendo que algún sector político alternativo (diferente del PT) pudiera canalizar esa lucha.

Es lo que están tratando de hacer en Colombia (con la ayuda de la DEA y la CIA), y se necesita mucha inteligencia para no ayudarles en esa tarea que consiste en quitarle el filo político a la lucha contra la corrupción y, a la vez, manipular esa lucha para tapar los delitos de marca mayor.

Por ello, el Fiscal ha destapado cientos de casos de corrupción en departamentos y municipios, y el del "cartel de la toga", como una estrategia para posar como el "gran justiciero" pero, a la vez, tapar los grandes escándalos que comprometen a sus verdaderos patrones (Luis Carlos Sarmiento Angulo, J. M. Santos, Álvaro Uribe, Germán Vargas Lleras).

Creo que la actitud correcta es exigirle resultados en los grandes temas (Odebrecht, Reficar, Saludcoop, Cafesalud, Cartel de la Toga, etc.), colocándolo como una especie de ayudante obligado de nuestras causas. Algo así como diciéndole: "No le creemos nada, señor Fiscal, porque Usted es un mandadero y un mercenario, pero cumpla con su trabajo, muestre verdaderos resultados en los casos importantes".

Hay que reafirmarle: "No eche carroña a las fieras para salvar a las fieras".

Es una situación bien difícil que requiere máxima inteligencia. Deberíamos imaginarnos que los sectores alternativos ya tenemos Presidente y que el Congreso nos impuso un Fiscal para manipular la justicia y sabotear el proceso de paz.

No olvidemos que fue el mismo Juan Manuel Santos quien lo hizo nombrar.


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sábado, 7 de octubre de 2017

COMBINAR IDEAS, MOVIMIENTO, ORGANIZACIÓN Y ESTADO

COMBINAR IDEAS, MOVIMIENTO, ORGANIZACIÓN Y ESTADO

Popayán, 7 de octubre de 2017

Proponiendo un diálogo-debate respetuoso y abierto...

Los 4 grandes componentes en las luchas políticas son: Las ideas, el movimiento social, la organización y el Estado.

Todas esas instancias representan Poder. La política es la lucha por construir y desarrollar una Hegemonía Social para un período histórico.

Ideas: Forma como asimilamos y pensamos el mundo.

Movimiento: Sentido y dirección en que se mueve la sociedad.

Organización: Estructuras sociales con objetivos, metas, planes y estrategias.

Estado: Concreción del poder político en instituciones y leyes. En período de crisis surge la dualidad de poderes.

Hay que aprender a combinar esos 4 componentes con capacidad, flexibilidad y sabiduría. Hacer énfasis en uno u otro, o en alguna combinación, de acuerdo a la necesidad.

Las ideas y la organización dependen totalmente de la capacidad de individuos específicos; el movimiento social es más complejo y responde a muchos factores y variables que son imposibles de ser controladas (solo se pueden prever o anticipar). El Estado, es el resultado de la correlación de fuerzas.

Si las ideas no son correctas, no lograrán entender y fundirse con el movimiento real y quedarán reducidas a "doctrina". La organización, en consecuencia, será una simple secta.

Cuando el movimiento está en pleno desarrollo el énfasis debe estar en las ideas y en la organización.

Cuando la organización está desarrollada el énfasis debe estar en el movimiento y las ideas.

Cuando accedemos a niveles del Estado, el énfasis debe estar en las ideas, el movimiento y la organización, en ese orden.

Si existe claridad, a veces es necesario acceder a niveles del Estado para ayudar a desencadenar el movimiento. No obstante, hay que tener mucho cuidado que la organización sea cooptada por la estructura del Estado y, por tanto, surgirá la desconexión del movimiento y se caerá en burocratismo y cooptación.

Las experiencias muestran que la idealización del Estado lleva a posiciones conservadoras. El control del Estado sirve para neutralizar a fuerzas reaccionarias pero en sí mismo no es herramienta de transformación. La meta debe ser destruir todo Estado y hay que hacerlo en todo instante socavándolo con la organización de la sociedad en forma masiva y "desde abajo".

A nivel mundial, regional y nacional, hoy existe el movimiento (aunque disperso) pero tenemos una gran debilidad en las ideas y en la organización. Por ello, se presenta el fenómeno de la cooptación cuando se llega a niveles de dirección del Estado.

Es lo que se ha observado en todos los procesos de cambio que tenemos en América Latina y en Colombia. El único antídoto es ser absolutamente consciente del problema y ser críticos de nuestra propia práctica.


E-mail: ferdorado@gmail.com / Twitter: @ferdorado

miércoles, 4 de octubre de 2017

AVANZAR CON LO QUE SOMOS Y TENEMOS

AVANZAR CON LO QUE SOMOS Y TENEMOS

Popayán, 4 de octubre de 2017

Cuando inventamos una nueva política inventamos un nuevo tiempo”.
Alain Badiou
"No deben llegar al poder los que están enamorados de él".
Sócrates

Apoyo a la Coalición Ciudadana por Colombia (Claudia López, Jorge Robledo y Sergio Fajardo) porque no existe otra alternativa viable. Tenemos una oportunidad casi única de derrotar –así sea parcialmente– a los políticos corruptos y a los guerreristas que siempre han dominado este país. ¡Hay que aprovecharla con lo que somos y tenemos!

Soy consciente de las enormes limitaciones de esa alianza. No obstante, me apego a la esperanza de que ese pequeño triunfo sea una bocanada de aire fresco para el momento que vive Colombia y América Latina. Ese paso puede desencadenar en el inmediato futuro la acción de fuerzas renovadoras que percibo y siento que están por emerger.

No hay que olvidar que nuestro país es el más conservador de Sudamérica, tanto en lo político como en lo cultural. Recién estamos saliendo de una guerra de más de 60 años que fue instrumentalizada por la casta dominante y cuya superación pretende ser utilizada por los mismos que provocaron el conflicto para mantener su dominio.

Hay que ser totalmente conscientes de que ese paso debe ser “suave”, incluyente, no traumático, paciente y seguro, para que sea consistente. No debe ser un salto al vacío, no tiene por qué ser una nueva declaración de guerra. Hay que aislar a las minorías corruptas y guerreristas y hacer los máximos esfuerzos por construir nuevas mayorías.

Además, ese incipiente esfuerzo político representa –en toda la región latinoamericana– una alternativa diferente a los “progresismos” y “socialismos” que canalizaron las luchas de resistencia de los pueblos pero que no fueron capaces de diseñar una estrategia de largo plazo. Se apoyaron en liderazgos mesiánicos, usaron retóricas “revolucionarias” e hicieron propuestas utópicas pero no construyeron prácticas colectivas ni dinámicas democráticas para superar con sentido práctico nuestra dependencia y desigualdad social y económica. 

Reconozco que esa alianza tiene grandes falencias. Es el resultado de la sumatoria de precariedades políticas y de trabajos casi personales pero que –de todas formas– son acumulados históricos. El Polo Democrático es un partido debilitado en el presente que se ha sostenido con base en el prestigio de su actual candidato presidencial (Robledo) y en el esfuerzo honesto de muchos dirigentes políticos y sociales. ¡Es débil pero allí está!

La Alianza Verde es una agrupación heterogénea y amorfa de personalidades y grupos que encontró en el empuje de Claudia López y en la experiencia de Antonio Navarro una oportunidad para impedir su división y dispersión. Neutralizaron el giro a la derecha uribista de Peñalosa, el grosero oportunismo de “Lucho” Garzón y el viraje hacia el “santismo” pintado de “pacifista” de Mockus. ¡Es amorfo pero sobrevivió y es una realidad!

Y Compromiso Ciudadano es un proyecto regional, una idea basada en la acción política y administrativa de Sergio Fajardo y un grupo de amigos, que aunque no tiene definiciones claras frente al proyecto de país que propone tiene el mérito de sobrevivir en un departamento como Antioquia en donde Uribe es una verdadera aplanadora. ¡Y suma a nivel nacional!

Eso es lo que tenemos y somos. Una alianza bastante imperfecta para un país imperfecto como ninguno. Pero, lo importante es que sus tres candidatos (Claudia, Robledo y Fajardo) no son corruptos y no tienen nada que ver con un conflicto armado degradado ni con el narcotráfico que contaminó y descompuso a buena parte de nuestra sociedad.

Cada uno de ellos (a) es imperfecto pero su unión es un verdadero milagro y una potencialidad política. Su encuentro y coalición es excepcional en un ambiente donde se impone el personalismo y la vanidad; en donde no existen partidos políticos sino micro-empresas electorales que giran alrededor de intereses personales y mafiosos.  

Tengo la convicción de que el paso dado por los tres candidatos es irreversible y es una muestra de sensatez y madurez. La combinación creativa de sus mejores cualidades se convertirá –inevitablemente– en un antídoto para impedir que, como ocurre siempre, esas cualidades se conviertan en sus peores defectos. Veo ese ánimo y ese espíritu.

Ejemplo: La valentía, intrepidez y espontaneidad de Claudia que son el motor de su empuje y persistencia fácilmente se pueden convertir en intemperancia e imprudencia. No obstante, esos valores ya están siendo canalizados y moderados por la paciencia metódica de Robledo y el temperamento flemático de Fajardo. Y en esa dinámica, todos los defectos e imperfecciones de cada cual van a ser transformados en potencias y en la fortaleza de una unión creciente y productiva. Ese es un ambiente creativo y transformador que anima y rompe hacia el futuro.

Esos son los resultados del trabajo colectivo; son un ejemplo para todos. Tienen que ser una inspiración para nuestro pueblo que en medio de la desesperanza se refugia en el individualismo y en el “sálvese quien pueda”. Esa coalición es una demostración de que “sí se puede”, de que “este país tiene arreglo” y de que “juntos podemos”.    

Después de vivir 16 años en medio de una polarización desgastante e inútil es hora de que Colombia construya un clima de reconciliación y de encuentro. Después de sufrir 8 años con el “paladín de la guerra” y otros 8 con el “mártir de la paz”, necesitamos como presidente a alguien imperfecto pero honesto y generoso, y… ¡que no se crea un mesías!

Necesitamos a alguien que escuche, que tenga humildad para asesorarse bien, que logre consensos, que desarme a sus contradictores, incluyendo a “uribistas”, “santistas” y “farianos”, con sentido común y apoyándose en la gente. La experiencia de gobiernos vecinos que dividieron y polarizaron a sus pueblos para algo nos tiene que servir.

Colombia necesita unirse para construir la verdadera paz, mejorar su democracia y ofrecerle un ambiente de trabajo, creatividad y seguridad a millones de jóvenes que están ávidos de participar en política para re-construir un país que tiene las condiciones humanas y materiales para generar bienestar para todos. ¡Se puede!

Nota: Paralelamente hay que trabajar desde y con las  bases sociales del campo y de la ciudad para reconstruir las organizaciones sociales e ir consolidando nuevas formas de democracia directa, democracias ilustradas de base, democracia deliberativa y pensamiento crítico.  


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lunes, 2 de octubre de 2017

LECCIONES DE LA DERROTA EN EL PLEBISCITO DE LA PAZ

A un año de la derrota del SI en el 2-O

LECCIONES DE LA DERROTA EN EL PLEBISCITO DE LA PAZ

Popayán, 2 de octubre de 2017

Ya ha pasado un año. De cara a las elecciones presidenciales de 2018 es pertinente hacer un balance, tanto de las causas de la derrota de las llamadas “fuerzas de la paz” como de la actitud mostrada por los dirigentes de las agrupaciones políticas que tenían que asumir su responsabilidad por ese negativo resultado. Pocos lo hicieron. La gran mayoría pasó de agache, achacándole la culpa a la desinformación orquestada por Uribe y reconocida por el jefe de la campaña por el NO. Sabemos que no fue la única causa.

Para quienes desean acertar en 2018 es indispensable la evaluación y el balance. Es más que necesario cuando nuevamente amplios sectores de las “fuerzas de la paz” insisten en conformar una gran convergencia con los mismos actores que fueron los causantes de la derrota. Pero además, hay que ir un poco más atrás, para analizar el tipo de respaldo que los demócratas le otorgaron a la re-elección de Santos en 2014 y cómo contribuyó –ingenua e inconscientemente– a reforzar la actitud frívola de Santos.   

En anteriores artículos hemos identificado las causas inmediatas del triunfo del NO: La demagogia de Santos; las mentiras y habilidad de Uribe para aprovechar los errores del gobierno, entre ellos, la polémica causada por la “educación de género” de la ex-ministra Parody; el triunfalismo de las FARC; la confusión de los demócratas y la flojera de la “izquierda” para deslindarse de los corruptos vestidos de “pacifistas”; el saboteo dentro del mismo gobierno encabezado por Vargas Lleras y Juan Carlos Pinzón; la celebración del triunfo antes de tiempo –con pompa y arrogancia– en Llanos del Yarí y Cartagena por parte del gobierno y las FARC. Y otras de menor calado.

Ahora de lo que se trata es de identificar razones de mayor importancia. El mismo proceso de paz debe ser revisado para reconducirlo. Hoy que la implementación de los acuerdos y la reincorporación de los integrantes de la guerrilla a la sociedad se encuentran en un momento de graves dificultades, se requiere una mirada crítica de conjunto. El nuevo gobierno va a heredar un Estado en medio del caos y el desorden institucional, una conflictividad política y social de marca mayor, en medio de una situación económica francamente crítica y la acumulación de problemas de todo tipo. El destape de la corrupción, especialmente en la justicia, hace más complejo el momento.

El país ya entró en la dinámica electoral. Santos no fue capaz de cumplirles a las FARC. Si no se asume esa realidad seguiremos colgados de unos acuerdos que han quedado reducidos al sometimiento de la insurgencia, en su concentración y desarme, pero que en los demás aspectos, están en una especie de limbo jurídico y presupuestal. Y lo más grave es que quienes se alimentaron de burocracia y contratos durante los 7 años del gobierno de Santos han cambiado de bando ante  la posibilidad de perder la presidencia en 2018. Hoy encabezan el bloqueo al cumplimiento de los acuerdos con el fin de polarizar al país entre paz y guerra, entre perdón y venganza, entre reconciliación y odio. El fiscal general y congresistas de la fracasada coalición nacional, ya lo hacen.

Además, la dinámica de la guerra estructural se mantiene. El gobierno no cumple ni en lo más mínimo. Las expectativas creadas en torno a la sustitución de cultivos de uso ilícito triplicaron las áreas cocaleras pero el gobierno no avanza con los programas (ni puede cumplir mientras el negocio del narcotráfico sea rentable). La estrategia de reinserción colectiva diseñada por las FARC muestra serios problemas frente a una realidad inocultable: un porcentaje importante de sus integrantes convirtió la lucha guerrillera en una forma de vida, con poder y dinero, que está muy lejos a lo que es la vida de un trabajador común. Y las zonas donde las FARC tenían presencia son copadas por otros grupos armados ilegales, entre ellos el ELN y las disidencias de las FARC.    

Las lecciones de fondo

1.    Las fuerzas democráticas que representan a los sectores sociales que efectivamente necesitan la paz (campesinos, indígenas, comunidades negras, trabajadores, clases medias empobrecidas, pequeños y medianos empresarios) nunca identificaron los intereses de las clases y sectores sociales que viven de la guerra o que querían una paz sin costos políticos ni económicos.   

2.    Se jugó al logro de una “paz imperfecta”, una “paz pura y simple”, sin entender que una “paz neoliberal” solo es la continuidad de la guerra por otros medios. Así fuimos pasando de una guerra instrumentalizada por el gran capital a una “paz perrata”, como la que ya estamos viviendo (que tiende a convertirse en una nueva versión de lo que ocurrió en Centroamérica con “paras” y “maras” de nuevo tipo). Este balance no desconoce la importancia de parar la guerra y de evitar más muertes, pero lo que se está acumulando en la trastienda no puede ocultarse.   

3.    La insurgencia y gran parte de la izquierda se volvieron a ilusionar con la estrategia de aliarse con una supuesta burguesía “progresista” para derrotar a los “vetustos terratenientes”. No se ha entendido que la oligarquía juega al policía bueno (Santos) y al policía malo (Uribe). Así lo ha hecho desde siempre.

4.    Se colaboró con la versión demagógica de la “paz estable y duradera”. En vez de insistir en separar lo que es el fin negociado del conflicto armado con las FARC de lo que es una verdadera paz, se contribuyó con la política de Santos de engañar a la sociedad colombiana con promesas y fantasías incumplibles. Por ello el grueso del pueblo (65% del electorado) no participó en la farsa.

5.    Mientras la gran burguesía transnacional (grandes grupos financieros que Santos representa) querían desarmar a las FARC para entregar “en paz” extensos territorios y riquezas a la inversión extranjera, los terratenientes de nuevo cuño (hacendados y mafiosos que se apropiaron de 6 millones de hectáreas de tierra despojada a los campesinos pobres) deseaban exterminar a la guerrilla y a las izquierdas para no devolver nada. Entre esos intereses contradictorios pero, de alguna manera, complementarios, “las fuerzas de la paz” vienen naufragando estruendosamente.

6.    Al no tener en cuenta los intereses en juego, las fuerzas democráticas le entregaron la dirección de la “lucha por la paz” a la burguesía transnacional y se aliaron en las formas políticas con la burguesía burocrática, que es profundamente descompuesta. Aceptaron la táctica de Santos de impulsar el “proceso de paz” con toda clase de negociantes y burócratas, además de permitir que guerreristas camuflados hicieran parte del gobierno y actuaran como “caballos de Troya”. En esa dinámica se desgastaron, perdieron credibilidad y hoy –una parte de ellas– están confundidas.

7.    En esa fiebre de ilusión, las FARC se involucraron en hacer una pequeña revolución por decreto. En vez de concentrarse en depurar sus fuerzas, en asegurar serias condiciones para garantizar su seguridad y una reintegración viable, digna y sobria a la sociedad, se empeñaron en lograr reformas agrarias y políticas para entrar por la puerta grande. Esas reformas requieren de un gran movimiento social y democrático para que sean realidad. Los acuerdos en el papel, por más folios, puntos y parágrafos que tengan, solo son eso, papel. Y por ello, los incumplimientos del establecimiento oligárquico no se han hecho esperar y la sociedad no se da ni por enterada.

8.    No se ha entendido tampoco que al entregarle la dirección de la “lucha por la paz” a Santos, se le dejó el terreno abierto a Uribe para liderar la oposición política y canalizar la inconformidad de amplios sectores sociales y económicos que han sido afectados por la globalización neoliberal y por la ineptitud del gobierno. Esos sectores sociales se expresaron en octubre de 2016 en contra del SI en el plebiscito, no porque rechazaran la paz sino porque la percibían como un engaño y una trampa. Ese fenómeno hace parte del surgimiento de los “populismos de derecha” que se expresaron a nivel global con el Brexit, la elección de Trump, y ahora, con los secesionistas catalanes y escoceses y otros procesos en desarrollo.

9.    No hay que ensillar sin tener las bestias. Es indudable que había que obligar a Santos a negociar previamente con Uribe. El imperio estadounidense –gran interesado, beneficiado y componedor– habría tenido que intervenir con fuerza contundente. Pero no, se prefirió hacer un ejercicio de desgaste, usando temas jurídicos, extradiciones y otro tipo de presiones que no han logrado su objetivo. Por el contrario, Uribe hábilmente se hace la víctima y mantiene su cauda electoral. Sigue siendo un peligro, amenaza con “hacer trizas los acuerdos” y, por ello, debe ser enfrentado con inteligencia y capacidad política y comunicativa.   

La corrección estratégica

Menos mal que las fuerzas democráticas contaban con reservas estratégicas que no estaban comprometidas con el conflicto armado y que no se habían dejado contaminar de las prácticas corruptas. Estos sectores políticos reaccionaron rápidamente después de la derrota del Plebiscito e iniciaron un proceso de convergencia para deslindarse del gobierno, de las FARC y diferenciarse totalmente del “uribismo” y el “vargas-llerismo”.

Hace 15 días se presentó la Coalición Colombia a la opinión pública. Está conformada por la Alianza Verde, el Polo Democrático y Compromiso Ciudadano. Está encabezada por los candidatos presidenciales Claudia López, Jorge Enrique Robledo y Sergio Fajardo.  Es la expresión de una alianza anti-corrupción que tiene la ventaja de estar lejos de la izquierda que fue connivente con los graves errores de las FARC (tanto en la guerra como en el proceso de paz) y también de los políticos corruptos que blandieron la bandera pacifista mientras les sirvió para alimentarse de “mermelada” durante los dos períodos del gobierno de Santos.

Esa coalición política ha identificado con claridad la respuesta al momento coyuntural. La lucha contra la corrupción político-administrativa es su principal prioridad pero sin renunciar a darle continuidad a los acuerdos de fin del conflicto, corrigiendo lo que haya que corregir. No sabemos si lograrán construir una estrategia de largo plazo, para varios períodos presidenciales, que implique un verdadero “proceso constituyente” de largo aliento, pero esa debe ser la intención para poder ganar las elecciones en 2018.

Por ahora, dicha coalición ha logrado interpretar los intereses de los pequeños y medianos empresarios del campo y de la ciudad (e incluso, de algunos grandes) que requieren un Estado eficiente y moderno, y apoyan la causa de la paz. También, representan a amplios sectores de clases medias. No obstante, hay que atraer a los trabajadores, campesinos, indígenas y afros, a los profesionales precariados y demás trabajadores informales, que por lo menos deben avizorar un camino cierto para avanzar –poco a poco y con paso firme– hacia cambios de mayor envergadura en temas del modelo productivo, empleo, medio ambiente, salud, educación, seguridad y justicia.

Lo importante es que se logró rectificar a tiempo y el horizonte está despejado.


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viernes, 29 de septiembre de 2017

OFENSIVA CONTRA LOS ACUERDOS DE PAZ CON DOBLE INTENCIÓN

  OFENSIVA CONTRA LOS ACUERDOS DE PAZ CON DOBLE INTENCIÓN

Popayán, 29 de septiembre de 2017

Por primera vez en mucho tiempo en Colombia las fuerzas políticas alternativas a los partidos que representan la tradición oligárquica tienen amplias posibilidades de llegar a la Presidencia de la República en las próximas elecciones de 2018.

Los candidatos de Alianza Verde, Polo Democrático y Compromiso Ciudadano agrupados en la Coalición Colombia (Claudia López, Jorge Robledo y Sergio Fajardo) aparecen en las encuestas con los más altos índices de intención de voto. Según diferentes sondeos suman entre todos de 20 a 30 puntos y mantienen amplios márgenes de crecimiento. Así mismo, el ex-alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, aparece bien posicionado con 10 a 12 puntos en todas las encuestas.

Esta situación que es beneficiosa para los liderazgos alternativos es resultado de varias circunstancias: a) El fin del conflicto armado con las FARC ha creado condiciones para que temas diferentes a la tensión de la guerra, ocupen la mente de los colombianos, y b) Los escándalos de corrupción que han sido destapados en los últimos años han generado un ambiente negativo que afecta especialmente a los partidos políticos tradicionales.

Lo más interesante del panorama político colombiano es que ha surgido una convergencia política que ha asumido con seriedad las lecciones que dejó la derrota del SI en el Plebiscito del 2 de octubre/2016. Por ello, se ha deslindado tanto del gobierno como de las FARC y de todas las expresiones de derecha.

A diferencia de lo que ocurre en otros países de la región, en donde las fuerzas conservadoras aprovecharon el destape de la corrupción político-administrativa para descargarla sobre los líderes progresistas (Brasil, Argentina, Ecuador, Perú, etc.), en Colombia los sectores alternativos son los que canalizan electoralmente los graves hechos de corrupción que a diario salen a relucir en la administración pública.

Esa circunstancia responde a que los sectores alternativos de “centro-izquierda” han identificado claramente las causas que le permitieron al “uribismo” derrotar en octubre del año pasado a los demócratas y a las “fuerzas de la paz”. Entre otras, están:

-       El gobierno permitió que fuerzas contrarias al proceso de paz actuaran en contra desde su interior. Importantes funcionarios que hoy son candidatos presidenciales sabotearon desde adentro en el pasado. Ahora, lo hacen abiertamente. (http://bit.ly/2fSNDVe).

-       El presidente Santos actuó en forma vacilante, incoherente y contradictoria durante todo el proceso de fin del conflicto. Debilitó la credibilidad y generó escepticismo.

-       El triunfalismo de las FARC ha sido un factor negativo. No tienen clara la situación del país y no son conscientes del rechazo generalizado que la guerrilla acumuló a lo largo de décadas de violencia y desmanes contra la población.

-       Lo que viene ocurriendo en Venezuela es un caballito de batalla real que la derecha utiliza para asustar a amplios sectores de la población que identifican a la izquierda con el proyecto bolivariano y con la supuesta “amenaza castro-chavista”.             

Por esas razones, los candidatos de la Coalición Ciudadana por Colombia (en construcción) han logrado obtener en poco tiempo un apoyo creciente entre importantes sectores sociales y empresariales que están cansados de la corrupción y de la guerra, pero que a su vez, se muestran absolutamente opuestos a aliarse con representantes políticos de partidos corruptos o de una izquierda que fue connivente con las acciones de una guerrilla que en medio de la guerra se degradó en lo político e ideológico. 

Frente a ese panorama político preocupante para la casta política tradicional se viene impulsando una estrategia para lograr que las fuerzas alternativas, que representan una actitud no-polarizante y que no pueden ser acusadas de “castro-chavistas”, sean empujadas al terreno de la polarización entre izquierda y derecha, entre paz y guerra.

Crece el bloqueo en el Congreso a los principales acuerdos del fin del conflicto; se sabotea la aprobación de la Justicia Especial de Paz y el trámite de la reforma política; la coalición de gobierno y los partidos de la "U", CR, liberales y conservadores están en total desbandada. El desorden es absoluto y Santos –con el sol a las espaldas– se muestra débil y errático. Todo apunta a que se pretende imponer la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente o un nuevo Referendo contra el proceso de paz.

Es una jugada bien orquestada para obstaculizar el avance de las nuevas fuerzas políticas. En ella, el Fiscal General es un torpedo y Vargas Lleras es la principal herramienta para frenar los cambios democráticos. La intención es impedir que la corrupción siga siendo el tema central de la próxima campaña electoral. Quieren volver a polarizar el país frente al tema de la "paz" y confundir a la gente.

Es muy importante que las izquierdas –y la misma insurgencia– que siempre han visto la ANC como un instrumento democrático para implementar los cambios estructurales que requiere el país, no vaya a caer en la trampa. La historia muestra que las Constituyentes que crean posibilidades de transformación efectiva son aquellas que se convocan desde gobiernos que han derrotado de antemano a las fuerzas antidemocráticas. Lo contrario es una ilusión, sería repetir lo ocurrido en 1991.     

Nota: La oposición al contenido de la JEP no es más que la reacción de quienes a nombre de impedir la impunidad, quieren impunidad para ellos.

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domingo, 17 de septiembre de 2017

¿CÓMO SERVIRLE LA MESA A LA “CIZAÑA”?

Los eximios representantes de la "cizaña"
¿CÓMO SERVIRLE LA MESA A LA “CIZAÑA”?

Popayán, 17 de septiembre de 2017

Quienes siguen pensando que la "revolución" se hace desde el gobierno o "desde arriba" (Estado heredado), no entienden que se puede y debe ganar ese espacio institucional para neutralizar a corruptos y guerreristas, pero que paralelamente hay mucho por hacer con la gente, construyendo las fuerzas sociales y políticas "desde abajo", para transformar de verdad el mundo, la vida, la sociedad, la naturaleza y el mismo pensamiento.

Por ello, no comprenden que en esta coyuntura tan especial, en donde han coincidido, el fin del conflicto armado y la crisis de la institucionalidad política tradicional, tenemos que unirnos para derrotar a corruptos y guerreristas con una propuesta que interprete lo que piensan las mayorías colombianas.

Y no hay que hacer mucho esfuerzo para entender que esas mayorías NO van a elegir un gobierno totalmente de izquierda para administrar y gestionar la consolidación del llamado "proceso de paz". Quien crea que eso es posible, significa que no está en contacto con la gente, que no logra compenetrarse con esas mayorías.

Ya sea por ignorancia o manipulación, esas mayorías no diferencian mucho a las izquierdas (armadas y desarmadas), creen que todas están conectadas y que son parte de lo mismo. Y por ello piensan que "no van a poner al gato a cuidar el queso".

Si no se entiende esa situación, si los sectores democráticos y de izquierda no logran asimilar esa verdad, le pondremos en bandeja el gobierno a Vargas Lleras, que como lo están demostrando los hechos, es quien va a unificar a toda la "cizaña".

Si no aprovechamos la oportunidad del 2018, no será ninguna tragedia. El mundo no se va a acabar, y quienes creemos en la organización de la gente "por abajo", seguiremos en la brega. Claro, en condiciones más difíciles, pero no hay de otra.


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lunes, 4 de septiembre de 2017

¡OPORTUNIDAD!… ¿LA SABREMOS APROVECHAR? (I PARTE)

Las clases sociales y su evolución en Colombia desde 1991

¡OPORTUNIDAD!… ¿LA SABREMOS APROVECHAR? (I PARTE)

Popayán, 4 de septiembre de 2017

“El hecho de que no podamos "conocer plenamente" la realidad no es, pues,  solo un signo de la limitación de nuestro conocimiento sino indicación de que la realidad misma es "incompleta", abierta, una actualización del proceso virtual subyacente del Devenir.”

Slavoj Zizek

A 100 años de la revolución de octubre de 1917, una mirada retrospectiva nos sirve de referente para analizar la evolución de nuestros propios y actuales procesos sociales y políticos. Nuevas lecturas, otras visiones, diferentes perspectivas, nos ilustran sobre ese acontecimiento y nos dan luces para reinterpretar nuestra realidad.

En la Rusia de finales de siglo XIX y principios del XX, el acelerado desarrollo del capitalismo creó una formidable y poderosa clase obrera y un proletariado industrial que irrumpió con una fuerza avasalladora en la vida semi-feudal y clerical de ese imperio dominado por el zarismo. Una entusiasta e instruida intelectualidad influida por ideas liberales, socialistas y comunistas se puso al frente de la revolución obrera y campesina que se llevó por delante a una débil burguesía que no estaba preparada para tamaño reto. La primera guerra mundial sirvió de marco épico y trágico para el triunfo de los insurrectos. Sin embargo, la cultura proletaria –internacionalista y colaborativa– no era todavía una construcción real y efectiva entre las masas obreras; era un sentimiento, algo instintivo, más que una posición consciente y práctica. El debate sobre la “guerra defensiva” y la “guerra inter-imperialista” que antecedió al acuerdo (“casi” una claudicación) entre rusos y alemanes en Brest-Litovsk, dejan ver que sólo muy pocos dirigentes bolcheviques tenían la suficiente claridad sobre el horizonte y la situación internacional de la lucha de clases. Las herencias y tradiciones nacionalistas, religiosas e individualistas, fuertemente ancladas entre los campesinos y pueblos sometidos por el imperio zarista, terminaron por imponerse (e incluso, hoy reviven con más fuerza como expresión de “raíces culturales”). Los intelectuales más consecuentes fueron derrotados y aislados del proceso, y una cúpula de funcionarios y burócratas se puso al frente del aparato estatal anulando y destruyendo las formas democráticas de poder obrero-campesino que se habían construido en los momentos de fervor revolucionario. El trabajo colectivo, el esfuerzo de los trabajadores y labriegos, el sacrificio libertario y la lucha nacionalista frente a los imperios occidentales, fueron insumos durante varias décadas para electrificar e industrializar el país, mejorar el nivel de vida de millones de personas, derrotar al fascismo alemán en la segunda guerra mundial y, durante un tiempo, alentar y estimular a los trabajadores y pueblos oprimidos del mundo en la búsqueda de una alternativa superior al capitalismo. Sin embargo, el impulso inicial se perdió y el capitalismo se filtró por los diversos tejidos de la sociedad y asumió nuevas formas en la vida de esa sociedad, no sin producir enormes tragedias y dolores en el alma de esos pueblos. Quedan las enseñanzas que siguen elaborándose con base en la evaluación de esa primera gesta triunfante de los trabajadores en esa región del planeta. Entre otras, las graves consecuencias de la deriva autoritaria que produjo millones de muertos y se convirtió en un fardo fatal para el ideario y la causa socialista y comunista. Un sueño justo de búsqueda de igualdad y equidad se convirtió por el camino en una “causa capturada” por una cúpula burocrática y militar; se pasó de un “zarismo blanco feudal”  a un “zarismo rojo socialista”, la lucha emancipadora de los trabajadores derivó hacia un nacionalismo ruso con prácticas imperiales presentado como “solidaridad proletaria”. Se intentó transformar “desde arriba” y “a la fuerza” a la sociedad usando un Estado “proletario”, que de proletario tenía muy poco y mucho de burocrático y policial. Ese aparato estatal se separó tanto de la sociedad que aspiraba transformar, que terminó ahogando lo fundamental y básico en el ser humano: la capacidad crítica, la creatividad, la invención, la innovación y la libertad. La supuesta revolución mató el espíritu revolucionario y se suicidó en su intento emancipatorio. Es real y verídico lo ocurrido, y además, se sigue repitiendo en otros ámbitos y regiones.  

Reflexionando sobre esa experiencia, intentaremos visualizar la evolución de las clases sociales y sectores de clase en Colombia desde 1991 hasta la fecha. En ese año se convocó una Asamblea Nacional Constituyente y se aprobó la nueva Constitución Política vigente, después de firmar acuerdos de paz con el M19 y otras guerrillas. Hoy siguen vigentes en la vida política colombiana muchos de los actores políticos que en esa fecha representaban a diversas clases y sectores de clase; esos actores han sufrido cambios a lo largo de este tiempo y hoy se encuentran frente a un nuevo “momento de oportunidad”. Es importante destacar que han aparecido nuevas formaciones sociales como la “burguesía emergente”, variada, multicolor y con orígenes en economías legales e ilegales, y los “profesionales precariados” (nuevo proletariado), que son jóvenes trabajadores citadinos de nueva generación, que se constituyen en actores sociales de primer nivel pero todavía sin representación política definida. Así mismo, los campesinos, pequeños y medianos productores, las comunidades indígenas y negras y las clases medias, también han ido evolucionando en todos los aspectos. En lo fundamental, el reto que tenemos es el mismo: derrotar a unas clases dominantes que le temen a la democracia, que en forma absoluta están al servicio y subordinadas a la burguesía financiera global, que han sido incapaces de resolver los problemas básicos y vitales de la población colombiana, que han profundizado la exclusión, la desigualdad, la pobreza y la injusticia social, y que en 2018, pueden sufrir su primera derrota histórica (parcial pero significativa) desde los tiempos de Gaitán.

Unas preguntas sirven para orientar éste balance y exposición. Ellas son:

¿Las fuerzas democráticas y sus expresiones políticas están preparadas para responder con asertividad y capacidad política al momento en que confluyen una serie de circunstancias especiales de carácter global, regional y nacional, tanto en lo económico, social, político y cultural? ¿Acaso la confluencia de la terminación del conflicto armado con las FARC, la crisis profunda de gobernabilidad, la descomposición moral de los partidos políticos tradicionales y de sus nuevas expresiones, la crisis del modelo de desarrollo productivo rentista y extractivista, la grave situación fiscal del Estado, y otras condiciones relacionadas con la justicia, salud, educación, medio ambiente, no son oportunidades para que las clases y sectores de clase subordinados y subalternos logren construir una nueva hegemonía social y política? ¿Podrán esas clases y sectores de clase construir un proyecto social, político y cultural de largo aliento, aprendiendo de las experiencias de países y pueblos vecinos en donde después de una década y media de gobiernos “progresistas” se notan las enormes limitaciones frente a los retos planteados? ¿Podrá el pueblo colombiano aprovechar la oportunidad para dar un salto cualitativo en el terreno de construir nuevas formas de participación democrática o las clases dominantes lograrán canalizar y cooptar a los representantes de esas clases sociales subalternas para mantener intacto su modelo económico de explotación monopólica y su régimen político injusto y excluyente?

El ascenso y triunfo de la burguesía transnacional   

En la Colombia de las últimas 3 décadas del siglo XX y los primeros 17 años del siglo XXI, unos pocos grupos económicos[1] en medio de su ascenso como clase dominante canalizaron importantes recursos del narcotráfico y se convirtieron en una burguesía transnacionalizada, íntimamente ligada a los conglomerados capitalistas de EE.UU. y Europa. La constitución de 1991 se constituyó en la oficialización de su triunfo sobre una débil burguesía industrial que nunca se atrevió a desafiar el poder de los terratenientes e impulsar una verdadera reforma agraria, y menos, nunca retaron al imperio estadounidense para desarrollar (o intentar hacerlo) una economía capitalista relativamente autónoma. El último representante político de esa burguesía industrial, Luis Carlos Galán Sarmiento, fue asesinado por una alianza entre la clase política tradicional y las mafias de narcotraficantes, pero su sacrificio fue utilizado por esa misma burguesía para consolidar su poder. En los años siguientes, esa burguesía transnacional se va a apoderar de las principales empresas creadas en la fase anterior, algunas de ellas estatales o semi-estatales, y las va a privatizar, destruir o compartir con el gran capital global. Casos como la Flota Gran Colombiana, Avianca, Coltejer, Bavaria, Banco Cafetero y otras instituciones financieras del gremio caficultor, son una muestra de esa acción. Solo sobrevivieron Ecopetrol y algunas empresas del sector eléctrico (ISA, ISAGEN) que están hoy en proceso de privatización y entrega al gran capital. Los grandes terratenientes dueños de las mejores tierras mutaron en grandes empresarios capitalistas de la caña de azúcar, ganadería, palma africana y otros productos, pero ante el incremento del conflicto armado interno, esa transformación se detuvo y, sólo ahora, en 2017, al calor del proceso de paz, los planes de inversión en el campo vuelven a tener en la mira a las amplias extensiones de tierra para que –en alianza con corporaciones capitalistas de todo el mundo– se impulse una nueva oleada de inversiones en lo que denominamos el segundo paquete neoliberal. La Orinoquía, el Chocó Bio-geográfico y otras ricas zonas del territorio colombiano están programadas para grandes proyectos agroindustriales, energéticos, gran-minería, turismo internacional y explotación de su formidable biodiversidad.

La burguesía transnacionalizada impuso su hegemonía sobre las demás clases y sectores de clase, ensanchó sus inversiones hacia Sudamérica, Centroamérica y los mismos EE.UU. y Europa, y puso a su servicio el aparato estatal que fue hábilmente reglamentado en la Constitución de 1991, adobándola con derechos fundamentales y normas garantistas y sociales en el papel, dejándole las manos libres a esa burguesía financiera para trazar la política monetaria, desregular la normatividad laboral, privatizar el sistema de seguridad social (salud y pensiones) y los servicios domiciliarios de las principales ciudades (telecomunicaciones, energía eléctrica, agua potable y aseo), y estimular la educación privada en detrimento de la educación pública a cargo del Estado. El mismo conflicto armado fue instrumentalizado a favor de sus intereses, desplazando y despejando de población indígena, afro-descendiente y mestiza amplios territorios con el impacto de la economía del narcotráfico y la minería ilegal, al calor de una guerra manipulada y controlada que servía de cobertura para sus planes estratégicos. Ahora, así como instrumentalizaron la guerra, manipulan la paz. Presentan los acuerdos con las guerrillas como bases jurídicas y legales para que se desarrollen supuestas aperturas democráticas pero sin tocar la esencia de su modelo económico y, mucho menos, la estructura excluyente de su Estado y régimen político.

En el proceso de consolidar su hegemonía, la burguesía transnacionalizada se encontró a principios del siglo XXI con un fenómeno político particular. Un importante sector de los campesinos ricos, recogiendo experiencias anteriores (“chulavitas”[2]), organizó una alianza político-militar, en parte, como reacción a las tropelías de carácter delincuencial que la guerrilla de las FARC desarrolló en ciertas regiones contra ellos, y en parte, como estrategia para apoderarse de nuevas tierras con base en el despojo de campesinos pobres. Esa acción se entroncó con la estrategia paramilitar que las mafias narcotraficantes organizaron en los  años 80s con los grandes terratenientes, que obtuvo el apoyo de sectores de la burguesía agraria especialmente ganadera y cafetera de regiones tradicionalmente conservadoras. La burguesía transnacionalizada, en acuerdo con grandes empresas estadounidenses como la Chiquita Brands, la Drummond, Coca-cola y otras, deciden apoyar dicha estrategia y de paso reprimir con violencia a sus trabajadores organizados en sindicatos. Fruto de ese proceso llega a la dirección del Estado Álvaro Uribe Vélez, quien se pone a la cabeza del gobierno durante 8 años a partir de 2002. Éste político logró maniobrar con cierta autonomía e independencia, cooptando parcialmente el aparato del Estado con la consigna de derrotar a las guerrillas por la vía armada y exterminar cualquier expresión política de izquierda. La “refundación del Estado”, la formación de un “Estado comunitario” y la centralización del poder en manos de una pequeña cúpula burocrática y mafiosa, estuvo en desarrollo durante esos 8 años. Amplió la cobertura de los “auxilios monetarios condicionados” (subsidios) para sectores sociales vulnerables (“familias en acción” y otros programas), construyendo un movimiento político clientelista y neo-populista mediante un trabajo frenético de contacto con la población a través de los “consejos comunitarios”. En esa dinámica se desencadena el despojo de tierras de millones de campesinos y la apropiación ilegal de numerosos e importantes baldíos en diversas regiones del territorio nacional. Sin embargo, los estrategas estadounidenses de la globalización se dan cuenta del peligro que representa un proyecto de ese tipo en la región que, así fuera liderado por un gobernante de derechas, podría derivar en una especie de nacional-socialismo que sería un mal ejemplo para otros países. Entonces, deciden –en coordinación con los sectores tradicionales de la oligarquía colombiana– retirarle el apoyo e impulsar más adelante el proceso de paz que está en desarrollo. Sin embargo, el monstruo que ayudaron a crear –que ha derivado hacia un proyecto político de claros ribetes neo-fascistas y neo-populistas– consigue mantener cierto poder, apoyándose en las fuerzas más reaccionarias del país, aglutinando a los terratenientes surgidos del despojo ilegal de tierras, a sectores de la burguesía emergente que se entronca con las expresiones más retrógradas del viejo conservatismo laureanista y, consigue jalonar a sectores sociales que desde posiciones nacionalistas estrechas logran estimular sentimientos racistas, homofóbicos y clericales. Éste proyecto “uribista” es similar  a lo que actualmente impulsa Trump en EE.UU., como reacción a la globalización neoliberal que afectó a “sociedades cerradas” que sufrieron el deterioro de sus privilegios tradicionales. También mantiene fuerza entre amplias capas de la población permeada por la economía del narcotráfico y la cultura “traqueta”[3].     

El fenómeno del “uribismo”, que derrotó en las elecciones del Plebiscito del 2 de octubre de 2016 a las “fuerzas de la paz”, adelantándose al “Brexit” inglés y a la elección de Trump, sólo se explica como la reacción de sectores sociales afectados por la globalización neoliberal que, en el caso de Colombia, son encabezados por la burguesía agraria conservadora, que a pesar de que tiene contradicciones con los intereses de la burguesía transnacionalizada y con el imperio estadounidense y europeo, no es capaz de aliarse con los pequeños y medianos productores para enfrentar esas políticas, sino que utiliza sus luchas para obtener subsidios y prebendas coyunturales del gobierno, sin poder ni querer trazarse una política progresiva frente a los grandes terratenientes, y prefiere, entonces, utilizar la lucha contra las guerrillas “izquierdistas” para fortalecer la capacidad de esas fuerzas obtusas y retrógradas en la disputa por el control del Estado. En esa tensión, la insurgencia armada en su proceso de degradación político y militar fue convertida en motivo y excusa para impulsar esa reacción rancia y atrasada (hoy, después del desarme de las FARC, se utiliza en remplazo la “amenaza castro-chavista). Su aspiración es impedir cualquier tipo de acuerdo en torno al tema de tierras y oponerse a la más mínima democratización del régimen político, por cuanto son conscientes que, una verdadera reforma política se puede convertir en una oportunidad y canal por donde se desencadene la acción de nuevas fuerzas sociales y políticas que puedan poner en peligro su poder monopólico sobre la tierra y su régimen político oligárquico y excluyente.

Esa contradicción política entre la burguesía transnacionalizada (imperial), por un lado, y por el otro, los grandes terratenientes y burguesía agraria, está en proceso de transacción por la vía conservadora y reaccionaria. Una vez se logró la desmovilización y el desarme de las principales fuerzas guerrilleras como las FARC, los acuerdos firmados en La Habana en torno a la tierra, reforma política y justicia transicional, que aunque ya eran bastante limitados, están sufriendo recortes sustanciales para tranquilizar a los terratenientes e integrarlos al programa de inversiones que se ha trazado el gran capital en la fase de “post-conflicto”. El plan es garantizar algunos aspectos de los “acuerdos de paz” que faciliten la asimilación institucional de los activos más importantes de las FARC y, posteriormente, del ELN y otros grupos, pero blindar los privilegios de las clases dominantes y mantener su control político incólume.

Lo que se puede evidenciar en la actualidad es que el mantenimiento de las condiciones materiales que generan violencia estructural (legal e ilegal), como la economía del narcotráfico, el monopolio de la tierra fértil, la entrega ominosa de la riqueza nacional al gran capital transnacional, la exclusión política, el tratamiento violento y criminal de la resistencia popular a dichos planes (asesinato selectivo de dirigentes sociales), el recorte sistemático de las consultas populares y la consulta previa a las comunidades indígenas y afros, todo ello y mucho más, impide la consolidación de una verdadera paz y crea las condiciones para que los territorios desocupados por las guerrillas y otros territorios, se conviertan en escenario de nuevas guerras, más sordas y sórdidas, más degradantes y descompuestas, que en gran medida, ya se viven en regiones como Urabá, Costa Caribe, Antioquia, Chocó, Nariño y la Costa Caucana.

Próxima entrega: La burguesía burocrática y su papel frente a las clases subalternas

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[1] A lo largo de la historia de Colombia, los grupos económicos han tenido gran importancia para la economía nacional. Éstos han logrado importantes desarrollos en diversos sectores de la economía que los han llevado a ser protagonistas de la historia del país. En la década de los años 80s ya se habían formado los principales que fueron descritos por Julio Silva Colmenares en su clásico libro “Los verdaderos dueños del país: oligarquía y monopolios en Colombia” (1977). Los principales son: Organización Ardilla Lulle, Grupo Santo Domingo, Grupo Luis Carlos Sarmiento Angulo y Sindicato Antioqueño (Argos, Nutresa y Sura). Hoy con la presencia de transnacionales estadounidenses, españolas, mexicanas y chilenas, esa situación ha variado pero esos grupos se mantienen. (Nota del Autor).  

[2] Chulavitas: epíteto utilizado para denominar las bandas armadas de origen campesino en Colombia que existieron durante los primeros años de la Violencia, conformado por gentes del campo procedentes de la vereda Chulavita del municipio de Boavita en el departamento de Boyacá, reclutados rápidamente en enclaves conservadores del nororiente del departamento de Boyacá, para defender al gobierno conservador del presidente Mariano Ospina Pérez, con el objetivo de restablecer el orden en Bogotá, la cual estaba sumida en el caos, el pillaje y la violencia callejera debido al Bogotazo, que fue una manifestación espontánea de una turba enfurecida tras la muerte del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán. Los Chulavitas cumplieron su misión con eficacia, aunque con exceso de fuerza; luego fueron usados como contrapeso a las guerrillas liberales denominadas también como los “cachiporros”, estacionadas en los Llanos Orientales, razón por la cual algunos historiadores los definen como la semilla del conflicto armado en Colombia. Además de los Chulavitas, surgieron los llamados Pájaros, asesinos a sueldo, muchas veces patrocinados por terratenientes o gente del poder, también para eliminar opositores políticos.

[3] Cultura “traqueta”: En los últimos veinte años se consolidó en Colombia una cultura que puede ser denominada como traqueta, un término procedente del lenguaje que utilizan los sicarios del narcotráfico y del paramilitarismo. Ver: “La formación de una cultura traqueta en Colombia”, Román Vega Cantor.